Como casi todos los calandinos, uno lleva muy dentro la Semana Santa, el tambor y el bombo, como se suele decir desde la cuna. Mis primeras fotografías con la túnica morada son de 1966. Ya tocaba mi pequeño tambor de piel junto a mi padre, y donde ya estaba por allí Juan con su bombo. Ahora ya también y desde pequeñita con mi hija Patricia, y por supuesto todas las Semana Santas a Calanda.
En 1970, justo el año de la fundación de nuestra cofradía, mi familia se trasladó a vivir a Zaragoza. Al estar fuera no pudimos participar tan intensamente en estos primeros años como nos hubiera gustado. Eso sí, cada Semana Santa siempre tocábamos el tambor con la cuadrilla del Nazareno, pues de ésta eran cofrades los amigos y la familia, y eran (y son) los que más pasión ponían a la hora de tocar.
José Miguel Leal Cros – Semana Santa de 1966 bajando por la calle San Roque
Fue a principio de los años 90 cuando empecé a participar más activamente en la cofradía y a sentirme más involucrado con ella. En las procesiones estuve en la banda de tambores y bombos durante varios años. Después portando un farol de fuego acompañando al estandarte, y llevando éste siempre que por algún motivo hiciera falta. Actualmente tengo el honor de llevar el estandarte que abre nuestra cofradía en las procesiones de la Soledad y del Entierro, y aun sigue existiendo ese cosquilleo en el estómago antes de salir.
En 1970 el Reino Unido estaba negociando las condiciones de su entrada en la CEE y Paul McCartney anunció la separación de los Beatles. Calanda contaba con poco más de tres mil habitantes y los calandinos empezaron a darse cuenta que, si querías tener buen sitio en la rompida, tenías que madrugar…
En 1970 Luis Buñuel volvía a España para rodar “Tristana”, ganó Brasil el mundial de fútbol y “Patton” el Oscar a la mejor película….
En 1970 todavía quedaban 7 años para las primeras elecciones democráticas después de muchos años, se realiza el primer vuelo comercial del Boeing 747, Irlanda ganó eurovisión y la Semana Santa cayó en Marzo…
En 1970 una cuadrilla de calandinos ganó el concurso de tambores de Híjar y a su vuelta a Calanda recibieron la propuesta de sacar y acompañar un paso en procesión… cosa que hicieron y decidieron que esto no se iba a quedar ahí, se iban a organizar y a fundar una cofradía que se iba a llamar “Jesús Nazareno”
50 años después el Reino unido negocia las condiciones para salir de la UE, Paul McCarney sigue dando conciertos, no sabemos quién ganará eurovisión y no ha mejorado lo de tener que madrugar para ir a la Rompida cada Viernes Santo…
50 años después “Jesús Nazareno” volverá a salir en procesión en Calanda…
Cuentan los mayores que la noche del Viernes Santo en Calanda ya no es lo que era. Los que tenemos “cierta edad” nos hemos ido dando cuenta de que no les falta razón, aunque aún se mantiene intacto el ritual de salir a tocar la noche del Viernes Santo. La plaza de España se suele llenar alrededor de la una de la mañana, y algunas cuadrillas recorren las calles del pueblo durante esas horas que, para mí, suponen un punto de inflexión en la Semana Santa de Calanda… La interminable espera durante meses para que llegue la noche del Jueves Santo, hace que te precipites en una vertiginosa montaña rusa que continúa con “la Rompida”, “el Pregón” y “la Soledad”.
Finalización de Redobles -Semana Santa Calanda 2018 – Foto de José Quintana Merino
Antes de nada tengo que agradeceros profundamente vuestra presencia en el Festival de Málaga, lo convertisteis en algo mágico, pusisteis nuestras emociones a flor de piel y nos acercasteis a vuestra tierra y al personaje de Luís de una forma que nadie habría podido igualar.
La historia de Luis empieza en Calanda, su infancia y sus paisajes que siempre llevó dentro, pero esa secuencia en la que se abre camino a través de los tambores no deja de ser también una metáfora de su camino a lo largo de su vida.
No se si sabré expresar con palabras mis sentimientos, quizás desde la distancia puede ser diferente y es así porque aunque tocar el tambor o el bombo siempre se hace con pasión, no es lo mismo tocar en ciertas épocas del año.
Tocamos con pasión en las demostraciones que hacemos en todos los centros aragoneses que lo solicitan, y en algún encuentro multicultural como las fiestas de la Mercé en Barcelona. Pero solo en algunas se consigue tener ese “runrun” en el estómago que sentimos en Semana Santa, sobre todo en esa espera antes de romper la hora el viernes Santo, donde afluyen esos recuerdos y sentimientos de las personas que ya no están con nosotros.
El vía crucis al calvario para mi gusto es la procesión mas bonita, cargada de sentimiento y con el carácter religioso mas marcado, se mezcla esa seriedad propia de la fé con esas ganas inmensas de desenfundar tambores y bombos.
La ascensión al monte calvario es uno de los momentos mas mágicos que he experimentado, las sensaciones que recorren mi cuerpo en cada silencio, en cada estación y padre nuestro rezado con esas voces inigualables en la megafonía, en ese cruce con las penitentes descalzas y las cruces un “piso” encima tuyo en el camino, con esa penumbra, con ese olor a romero, a tomillo, a Semana Santa, a Calanda, todo acaba de empezar.
Vía Crucis Semana Santa de Calanda 2018 (Foto de Manuel Cobano)
Por estas fechas del año pasado, mi amigo Juan Franco me llamó y me dijo que de este año no pasaba, este año cumplimos lo de sacar una cruz en el Calvario, esta vez sí y para que eso sucediese si o si, me exclamó: “Y nos la vamos a hacer nosotros.”
Entre la octava y la novena, o puede que entre la séptima… no sé. Lo que tengo claro es que siempre está oscuro, con esa solitaria oscuridad que sólo siento en el calvario, de noche, entre cientos de sombras tocando. Es así, es ahí; en ese punto y en ese instante donde siempre me lo pregunto: qué hago aquí. Sí. Con lo bien que estaría en casa o en el bar (aunque cada día haya menos bares). Y entonces pienso en esa frase de Mud, la película de Jeff Nichols: No te fíes del amor, si no tienes cuidado te destruirá. Jodida neurosis colectiva. En fin. Puede que sea entre la novena y la décima, no sé, puede. El caso es que ahí estoy yo, con mi rítmico aleteo de brazos que más bien parece el pollo sin cabeza de todos los lugares comunes, dispuesto a formar parte del compás católico y de esa marea ingrávida del sentimiento, como uno más, tanteando la oscuridad del resto y disimulando la mía propia. No es fácil de saber por qué estoy ahí, la verdad es que no. Por qué me dejo arrastrar y por qué la tradición no muere, al menos conmigo. Sí, sí, puedes incluso remontarte y hacer pedagogía, terminarte con la idea del discurso especial de esta tradición, de lo etérea que es esta cobertura de chocolate que nos presenta al mundo y lo intenso de su sabor… Sí, todo lo que quieras, pero ahí estoy yo, entre peldaños simulados de tierra compactada. Suena incluso gracioso, dicho así. Después, es cierto que poco a poco voy saliendo de esa oscuridad, y la gente, al parar de tocar, habla y sonríe entre el polvo que genera la serpiente, y que se hace más envoltorio que abrigo conforme lo empuja la luz. Y es entonces cuando sucede. Es en ese instante cuando me doy cuenta. Cruzo bajo un tramo con farolas y lo veo al mirar hacia mi tambor. Es una sorpresa, una asquerosa sorpresa: voy perdido de sangre. Las manos, el parche, las mangas de la túnica, los palillos. Pequeñas gotas de sangre que para nada son mías, mi pasión no va más allá de mis arterias. Miro a mi alrededor y nadie se ha dado cuenta, imagino que no debería ser el único afectado; nadie mira a su tambor o al que tiene al lado con sorpresa, nadie parece haberse manchado como yo. Me cabreo. Pienso que tengo razón al poder cabrearme. Así que, mientras camino con todos, me llevo la mano derecha a la boca y chupo varias gotas. En principio no hay nada de especial en su sabor, podría ser de cualquiera con sangre en las venas; lo que sí percibo, y ese matiz llega al final, es que es sangre de bombo. Sí, tiene un sabor especial, no sé, a lo mejor me he pasado, no tiene un sabor especial, digamos que particular, eso es, sí, particular. Así que levanto la cabeza. En ese tramo la serpiente se ha estrechado y sólo vamos tambores huérfanos de compas. Intento mirar más allá, entre el morado y el negro que nos precede, que nos iguala… y sí, diviso, unos metros delante de mí, a una mano en alto esperando el siguiente pulso. No sé si es idiota/o pues el tercerol me impide concretar el género, pero está claro que lleva la mano, más allá de los nudillos, desecha de tanto roce contra la piel. Menudo papanganas. Me ha puesto perdido con su sangre. Seguro que no le importa y ha estado tocando como si se acabara el mundo, como si no hubiera nada más importante que marcar a la serpiente, como si todos compartiéramos las mismas respuestas, como si su misión fuera brillar entre el resto, con el resto…
Vía Crucís al Calvario – Semana Santa Calanda 2018