Testimonios

Cofradía Jesús Nazareno de Calanda - Luis Eduardo Aute

Calanda es muy peculiar. Ahí, el fantasma de Buñuel está en todas partes. Para mí es el cineasta más grande de la historia del cine. Él y Hitchcock, pero él primero, según mis identificaciones con su cine. Estar en el pueblo donde nació Buñuel y además con ese delirio de los tambores, que se cuenta a cualquiera y no lo entiende… Hay que estar allí para ver cómo es esa catarsis colectiva. Siempre que puedo vuelvo a Calanda.

Luis Eduardo Aute

Cofradía Jesús Nazareno - Calanda Labordeta

Cuatro glorias tienen las tierras y paisajes de Calanda que hacen que sus gentes se sientan más orgullosas, si cabe, de su propio orgullo. Y son: los tambores crugientes que rasgan el aire con su putuntúm al «romper la hora»; el melocotón tardío de allá para octubre; el milagro de Miguel Pellicer y el gesto adusto, irónico y sabio de… don Luis Buñuel.

José Antonio Labordeta

Luis Buñuel

Los tambores, fenómeno asombroso, arrollador, cósmico, que roza el inconsciente colectivo, hacen temblar el suelo bajo nuestros pies. Basta poner la mano en la pared de una casa para sentirla vibrar.

La naturaleza sigue el ritmo de los tambores que se prolonga durante toda la noche. Si alguien se duerme arrullado por el fragor de los redobles se despierta sobresaltado cuando éstos se alejan abandonándolo.

Luis Buñuel – “Mi último suspiro”

Cofradía Jesús Nazareno de Calanda - Paco Rabal

En la casa de Buñuel
por su familia habitada,
alguien suyo me empujó
hasta la vieja baranda
“Desde aquí, Luis Buñuel,
siempre este día se asomaba”.
Y miré con emoción
a la gente de la plaza,
sus tambores impacientes
y sus túnicas moradas.
Faltaban pocos minutos
para “romper la hora” exacta,
las doce del mediodía
y un tambor se impacientaba.
Me vistieron como visten
a un sacerdote o a un papa.
Alguien pensó que a un torero,
sin montera y sin espada.
Y colgándome el tambor
fui donde ya me esperaban.
Sonó el reloj de la Iglesia
su primera campanada.
Como un trueno impresionante
miles tambores tronaban.
Tocaban niños, mujeres
y hombres con pasión y rabia,
que golpeaban se diría
desde el fondo de su alma.
Pronto la piel del tambor
tendría la sangre que mana
de aquellas manos furiosas
que acarician y trabajan.
Cuando estremecido me iba
y retumbaban las casas,
pasó una madre muy joven
que en un cochecico empujaba
donde un bebé diminuto,
con su túnica morada
y un tamborcico pequeño,
tensa y nueva su membrana,
agarraba los palillos
y al aire golpes le daba.
El niño “rompió la hora”
cuando nació esta semana.
El colectivo inconsciente,
un Buñuel por las ventanas,
el redoblar los tambores
y una emoción muy extraña,
sin apenas darme cuenta
me hizo llorar en Calanda.

Alpedrete, 13 de marzo de 1998

Francisco Rabal – “Viernes Santo en Calanda”