Desde los años inmediatos a la terminación de la Guerra Civil hasta mitad de los sesenta, la tradición de la Semana Santa permaneció anquilosada man­teniendo, sin variación, los mismos actos, horarios y demás celebraciones. Fueron tiempos de gran austeridad, encuadradas las costumbres a la intimidad familiar, destacando la sencillez con que los tamborileros participaban en los redobles sin ninguna clase de ostentación.

En aquellos años de escasos recursos hubo que agudizar el ingenio y una simple caja de sardinas de cubo valía para fabricar un tambor. Muchos ejercieron de artesanos, guardando las pieles de los animales sacrificados, corderos o cabritos, para curtirlos y convertirlos en parches para los tambores y bombos. La túnica servía para toda la vida, la cosían en casa, con mucho doble para bajarlo a medida que uno crecía. El instrumental, rústico o de compra, estaba siempre preparado para el gran momento. En esa época los más mayores recordaban que el tambor había que tocarlo con sentimiento y fijar muy bien los ritmos de la percusión.

De esta manera fue pasando el tiempo. Pero a mediados de los sesenta aparecieron unos hechos ajenos al ritual, con los que la población participaba en la Semana Santa, que vinieron a trastocar los inamovibles esquemas. De aquí en adelante cambió todo.

El documental de Juan Luis Buñuel titulado Calanda filmado en 1966, y al año siguiente el rodaje de varias escenas de la película Peppermint frappeé, de Carlos Saura, supuso un aldabonazo en la difusión de la Semana Santa de Calanda, hasta entonces desconocida para los medios de comunicación y sin promocionar sus recursos turísticos.

De repente, atraídos por el éxito del documental y de la película, empezaron a venir, primero gente del cine y, posteriormente, visitantes que querían conocer el ritual de los tambores y las raíces de Luis Buñuel, el laureado director calandino. Llegaron en tropel, alumnos de la Escuela de Cine de Barcelona, autobuses con jubilados, socios del Centro Aragonés y periodistas enviados por sus periódicos. Todos trataban de encontrar al genial director de cine tocando el tambor, pero no todos los años aparecía por Calanda.

Durante la década de los setenta, la casa de los Buñuel se convirtió en lugar de reunión de intelectuales, gentes del cine y de la cultura. A todos les unía la amistad con la familia, y las tertulias tenían lugar en el salón del edificio cuyos balcones hacia la plaza de España lo convertían en lugar privilegiado para presenciar los actos de Semana Santa. Atendidos por Alicia Buñuel, las personas invitadas eran cada vez más numerosas. Formaban parte del grupo personajes como Fernando Rey, Geraldine Chaplin, Carlos Saura, el director Zimmerman; guionistas colaboradores de Buñuel, de la talla de Jean Claude Carrière y Julio Alejandro; conocidos escritores entre los que se encontraban Juan Benet, Díaz Cañabate, Agustín Sánchez Vidal, Pérez Gallego y el francés André Villeboeuf; el cantautor Paco Ibáñez, el cirujano Dr. Barros, los Sánchez Ventura y la familia Yarza de Zaragoza, dueños del Heraldo de Aragón, así como el periodista de ese periódico Joaquín Aranda.

Las imágenes que todavía flotan en nuestra retina nos recuerdan, en aquel lejano tiempo, unas celebraciones muy espontáneas pero caóticas, con una participación popular no tan numerosa como en la actualidad. Proliferaban las túnicas negras y moradas, algunas descoloridas y sin planchar. Los cocoteros se las veían y deseaban para poner orden en las procesiones, donde cada participante vestía el hábito sin el debido recato, arremangados, sin abotonar la túnica y el tercerol mal colocado en la cabeza. En la procesión del Pregón aún había tamborileros que les costaba tirar el cigarrillo pese a las indicaciones de los sufridos cocoteros. Poco a poco y con el paso de los años fueron corregidas estas anomalías. A fecha de hoy, su recuerdo nos hace comprender la naturalidad con que los calandinos salían a tocar el tambor, no importándoles los comportamientos estéticos.

Aquella era una Semana Santa familiar, muy sencilla, sin agobios y de marcado carácter religioso. Los oficios litúrgicos eran muy solemnes, destacando el septenario de la Virgen de los Dolores con su hermosa Salve final, los Vía Crucis al Calvario y la Cena del Señor de Jueves Santo en la parroquia. En esta celebración entraban los putuntunes a la iglesia para escoltar el traslado de la Eucaristía al Monumento, como hacía la Cofradía del Santísimo desde tiempo inmemorial.

Pero en esos invariables actos ya se vislumbraban vientos nuevos, que traerían en esos años cambios en los eventos de horarios y procesiones.

En el año 1971 tanto el Alcalde como la Parroquia de la localidad quedan rendidos a la evidencia y autorizan la incorporación de la mujer en todos los actos tamborileros. Como explica muy bien Esmeralda Gayán, en su trabajo publicado en el libro El sueño de los tambores, del año 2005, la sociedad local aceptó desde el primer momento que la mujer tocara el tambor y el bombo. Lo consideraban justo pues veían en ello una manifestación de su adhesión al ritual y fue más bien el clero quien puso algunas cortapisas.

Con la incorporación de la mujer el número de participantes aumentó considerablemente y los organizadores tuvieron que alargar la procesión del Pregón para dar cabida a todos, con el fin de no juntar la cabeza que volvía a la plaza, con los últimos que todavía permanecían en ella. De la calle Jesús por donde pasaba antes esta procesión se trasladó a la calle Santa Bárbara, luego a la calle San José y finalmente hasta la plaza de Dª. Oliva Gasque, que forma actualmente el recorrido habitual.

Los visitantes que llegaban en aquel tiempo a Calanda ocupaban todos los aparcamientos habilitados; la plaza de toros, las eras y hasta el campo de fútbol. Cada año era mayor el número de vehículos que venían en la mañana del Viernes Santo, de tal manera que el Ayuntamiento tuvo que pedir ayuda a la Jefatura Provincial de Tráfico para tomar las medidas oportunas con el fin de subsanar el caos circulatorio en las proximidades de la población. Curioso fue que el año 1970 se habilitó el cine Hoya, abierto con calefacción durante toda la noche de Viernes al Sábado Santo, para que pudieran descansar en la madrugada aquellos visitantes que estaban de paso…

ver «EL CONTEXO HISTORICO: La década de los sesenta y setenta (2ª parte)»

Portada del libro "Cofradía de Jesús Nazareno - 50 Años de historia"
Portada del libro «Cofradía de Jesús Nazareno – 50 Años de historia»
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