Después de dos años sin nuestra querida Semana Santa todo hace indicar que este año por fin sí, y no porque lo digan las autoridades, sino porque de verdad se respira a Semana Santa cuando andas por las calles de Calanda, un año más como siempre, como nunca.

Si algo caracteriza a nuestra Semana Santa es que al paso de los años se mantiene firme en sus formas, rigurosamente preserva las tradiciones, el orden y la majestuosidad de la misma, inalterable ante cualquier influencia que pueda llegar de otras tantas maneras de celebrar la misma.

Hay partes de la Semana Santa que es inevitable que no se vean modificadas con los tiempos, como por ejemplo los horarios, atrás quedaron las legañas de las 7 de la mañana del entierro o la parada a las 12 de la mañana, atrás quedó la Rompida en la Hoya porque se quedaba pequeña, atrás queda la ampliación del recorrido de las procesiones, ya que las cofradías crecen y se quedaba “corto”, o el cambio que supuso a la programación un nuevo acto el Miércoles Santo, añadiendo el solemne traslado del sepulcro, acto que se perdió con la Guerra Civil y desde hace unos años atrás se ha recuperado.

Fueron cambios que hicieron mejorar y adaptar las celebraciones al tiempo que se vivía, este año hemos visto también cambios necesarios y demandados en algunos actos, pero siempre manteniendo la esencia y la tradición, la que nos han ido inculcando generación tras generación, sin copias, sin inventos, sin alterar nuestra esencia.

Como estoy hablando de la esencia y de su protección, no hay mayor indicativo de que Calanda es fiel a su rito y costumbre que sus toques, sus toques antiquísimos , muchos de ellos se llaman con el nombre o mote del creador, bien conocida es la “La marcha Palillera” creada por Mosen Vicente Allanegui o el toque del Rabalera entre otros, los cuales se han extendido por tantos lugares de la geografía Española, donde también se toca el tambor y el bombo, incluso algunos han servido de base para la creación de otros.

En el Bajo Aragón, el concurso de Híjar tuvo una gran influencia en sus toques, las cuadrillas venidas de otras regiones trajeron otros ritmos, otras marchas que sin duda dieron otra perspectiva al mismo y cambiaron en muchas localidades la manera de tocar nuestros tambores y bombos, vinieron para quedarse, y como vemos, la globalización también sacude a las tradiciones… menos en Calanda.

Desde mi humilde opinión el mantenimiento de lo nuestro tal y como lo conocían nuestros bisabuelos, nuestros abuelos, nuestros padres.. ha sido clave para hacer única nuestra Semana Santa y directamente proporcional al éxito que despierta internacionalmente, sí, es lo de siempre, pero es lo nuestro de siempre.

Lo nuestro de siempre es ese olor a Semana Santa desde el Miércoles de Ceniza, ver a los quintos ensayando en la plaza cualquier tarde-noche entre semana, ese Domingo de Ramos, la tarde del Jueves Santo y el olor del Calvario, las horas en los porches de la plaza entre acto y acto, y porque no decirlo, el tararear ese “Parram Pam Pam” durante todo el año a la mínima ocasión posible, esa es la ESENCIA.

Joel Ibáñez Bondía

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