calandanazareno - Enric Rodríguez Marín
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“La Semana Santa de un adoptado” por Enric Rodríguez Marín


Atendiendo a la invitación de la Cofradía de Jesús Nazareno, que con motivo de la inauguración de su web www.calandanazareno.com, me piden que abra este apartado de colaboraciones y experiencias que irán nutriendo y dando luz a la realidad de lo que venimos haciendo día a día y año tras año. Esta es una demostración más de que las tradiciones no van reñidas con los avances de la vida, todo lo contrario, nos ayudan a difundir nuestra cultura, idiosincrasia y de esta forma compartirla con todo el mundo. Desde aquí aprovecho para invitar a todas las entidades culturales y resto de cofradías a secundar esta gran iniciativa y que es digna de ser reconocida por doquier.

Recuerdo que, el próximo mes hará cuatro años de lo que os voy a contar, llegué a Calanda. Todo era un cambio radical en mi vida, aunque he vivido en diferentes y variopintos lugares, siempre he sido de la opinión que ante todo he de sumergirme de la cultura, hábitos de vida y costumbres, pasar a ser un miembro más allá donde esté.

Por un encargo de trabajo, di con las personas que de una forma amena y muy fluida me fueron incluyendo con los que son, a día de hoy mis amigos, las familias con las que salgo habitualmente y las que cuentan conmigo absolutamente para todo. Sirvan estas líneas también para mostrar mi agradecimiento.

Con esta fluidez de la que os hablaba, me vi al mes y medio de vivir aquí, siendo miembro de la Cofradía de Jesús Nazareno, lo recuerdo con emoción porque la entrada fue triunfal. Coincidiendo con un desayuno previo al arranque de la campaña de Semana Santa, y de la mano de su presidente Juan Herrero, fui presentado al conjunto de los cofrades y mantuvimos un primer encuentro muy cordial.

Conforme transcurrían los días, veía como la temperatura en la gente subía de forma vertiginosa y me ilusionaba ver tanta emoción concentrada, las noches fueron fantásticas porque según ibas caminando por las calles, oías a las diferentes cofradías ensayando y la banda sonora de la población me parecía algo extraordinario. Recuerdo que cuando lo contaba a amistades de otros lugares y países, les decía que vivía al son de una partitura permanente.

Todo lo que os detallo, y jugando con la ventaja del nuevo del que lo ve todo desde un plano externo, era una confluencia de lo más variopinta. Mis experiencias con la Semana Santa habían pasado por Vitoria-Gasteiz y Zamora, donde la sobriedad y la celebración es estrictamente religiosa y el silencio sepulcral, su música de fondo. Recuerdo que preguntaba a mis compañeros, cómo se conjugaba el tono festivo y jovial con los planos estrictamente religiosos, me creaba gran curiosidad. Sólo el experimentarlo por mí mismo y viéndome participar en las procesiones me dio la respuesta.

Es una fórmula química que encaja perfectamente y hace que el resultado sea el que todo el mundo ve. Los momentos de las procesiones en las que llevaba todo el rostro cubierto por el capirote, desfilaba absolutamente emocionado, la piel erizada y porque no decirlo con alguna lágrima deslizándose. Es algo que hoy después de tres años, y vamos a por el cuarto, sigue ocurriéndome.

La magia que tiene la población en esas fechas es algo indescriptible, ver a tanta gente de acuerdo en todo, una única voz, una única alegría, empatía absoluta y felicidad contagiosa, es una sensación que muchas veces al recordarlo, me hace pensar porqué no será posible que en el conjunto de la sociedad de un país, esto mismo no prevalezca en la cotidianidad del día a día. Si somos capaces de ir todos a una, por qué no? Tal vez sea un iluso o crea en una utopía, aun y así sigo pensando que es posible, porque si ocurre en mi pueblo año tras año, quiere decir que el ser humano está preparado para ello y todo es cuestión de proponérselo.

Enric Rodríguez Marín