Hay realidades que se resisten a la razón y al entendimiento, porque pertenecen al ámbito más hondo del espíritu. La Semana Santa en Calanda es de esas realidades. No se puede explicar. Se respira en el aire rasgado por los tambores y bombos.
Orgulloso pueblo teñido de morado que comparte una Fe heredada, transmitida de generación en generación como un legado que forma parte de la identidad más pura.
Cada Amén que precede el reinicio del toque en el Vía Crucis. El silencio expectante durante el canto del Pregón. La solemnidad litúrgica con olor a incienso de la Soledad. El último Padre Nuestro que sucede al Entierro y que inicia una cuenta atrás que dura un año entero.
