Hay realidades que se resisten a la razón y al entendimiento, porque pertenecen al ámbito más hondo del espíritu. La Semana Santa en Calanda es de esas realidades. No se puede explicar. Se respira en el aire rasgado por los tambores y bombos.

Orgulloso pueblo teñido de morado que comparte una Fe heredada, transmitida de generación en generación como un legado que forma parte de la identidad más pura.

Cada Amén que precede el reinicio del toque en el Vía Crucis. El silencio expectante durante el canto del Pregón. La solemnidad litúrgica con olor a incienso de la Soledad. El último Padre Nuestro que sucede al Entierro y que inicia una cuenta atrás que dura un año entero.

En esa cadencia profunda, el tiempo parece suspenderse: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo se hacen presentes y el corazón del hombre contemporáneo, tantas veces disperso, encuentra su momento para la contemplación y el recogimiento.

Es la comunión de un pueblo en torno a la Fe y la expresión de cultura. No hay fractura entre ambas; se nutren y se enriquecen mutuamente. Hunde sus raíces en un cristianismo exportador de valores universales que ha tenido en nuestro municipio excelsos promotores como el milagro de Miguel Pellicer y el ilustre Luis Buñuel.

La Semana Santa es también la sonrisa cómplice con el viejo amigo al que se reconoce entre túnicas y terceroles; el abrazo sincero con un familiar que regresa; la mirada compartida que no necesita verbo. La penitencia discreta de quien pide perdón, agradece a Dios todo lo recibido o, sencillamente, reza en silencio buscando consuelo. Los nervios de tantas madres que procuran que todo esté listo antes de cada procesión, en una demostración de Amor incalculable. El personal recuerdo de quien ya no está entre nosotros pero se siente cerca.

Así, entre el estruendo y el silencio ensordecedor, entre la tradición y la vivencia íntima, la Semana Santa se revela como una pedagogía del alma. Enseña a esperar, a agradecer, a acompañar el dolor con esperanza y a celebrar la vida con humildad.

Finalizo estas líneas agradeciendo a la Cofradía de Jesús Nazareno este espacio, que es tribuna común donde la palabra se pone al servicio de la Fe. Para quien escribe, reviste un honor especial hacerlo como nieto de Miguel Luengo, querido y admirado redoblador, cuyo nombre consta en el acta fundacional de esta Cofradía. En su memoria – y en la de tantos hombres y mujeres que han sostenido con cariño esta herencia – resuena todavía el eco del tambor, recordándonos que la Semana Santa es, a decir verdad, tiempo y lugar donde el alma de este irrepetible pueblo se reconoce y se ofrece.

Óscar Luengo Palos

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